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VOZ

JUNIO 21, 2017

Por Glenda Rosero Andrade

Si pudiera ficcionar un poco, dijera que nací callada.  Que no lloré; que preferí el silencio.  Pero no: supongo que lloriqueé como cualquier recién llegado al mundo lo hizo.  Mi madre me cuenta que lloré muchas veces más, que no fui una niña fácil, que di mucha lata; pero yo me recuerdo callada, sin nada que decir, asumiendo mi silencio.

Crecí ensimismada; aprendí a elaborar monólogos internos.  Aprendí a hablar conmigo, a preguntarme y a contestarme, a felicitarme ante un logro y a criticarme cuando hacía algo mal.  Mis diálogos personales eran constantes y crónicos; hasta que descubrí la voz.  Descubrí que, al hablar, podía decir, pedir, criticar y reir.  Ya había hablado antes, pero era un ejercicio sin mayor dificultad: contar lo que había pasado en el día, confirmar en mis palabras lo que decían mis padres, pedir mi comida favorita por mis cumpleaños y otras instrucciones indulgentes sin mayor dificultad mental.  Entonces, un día, mi voz negó. Mis monólogos personales seguían, pero la conclusión la daba en voz alta y no siempre estaba de acuerdo con mi rededor. Grandes problemas se avecinan cuando la niña contradice, ¿verdad?

No me voy a referir a mi muda adolescencia; en ella, las contradicciones verbales están a flor de piel.  Prefiero que mi historia tome forma a partir de mi decisión de estudiar artes plásticas, después de haber abandonado la escuela de derecho, en la que se me procuraba un futuro brillante como abogada -es que la nena que contradice sabe pelearla-.  Aun siendo adulta, no había abandonado mis diálogos silenciosos conmigo misma; si, ya tenía voz, pero yo decidía cuando usarla y cuando no. Analizaba los momentos para una intromisión precisa, y así seguía creciendo, con mi voz contradictoria acechante. Hasta que una condición absolutamente nueva me envolvió: la maternidad.  Ahora soy madre de dos pequeños niños, amorosos y ensordecedores.

Solo retrocedo un poco para explicar parte de mi proceso, y es que a punta de silencio aprendí a decir las cosas de otra manera.  Mis gestos, mis escritos y mis trabajos plásticos lograban mostrar toda la retórica que verbalmente yo omitía.  Aprendí a decir haciendo y mostrando.  Los diálogos los prefería conmigo y con el material con el que trabajaba para mostrar una idea y así evitaba tenerlos con quien, curioso, miraba mi obra.  Finalmente, con una propuesta artística no se discute; se discute con la autora, y ella prefería no hablar.

Desde el inicio de mi etapa materna, en el momento en que supe que iba a ser madre estaba consciente de la responsabilidad de criar un ser humano. Pero de lo que no estaba consciente era de la atenuación de mi mutismo.  Desde el momento en que mi primer hijo llegó a este mundo, mis conversaciones silentes acallaron para dar paso a tratar de entender una vida nueva y ajena, a la que debía aprender a comprender a partir de sus gestos, sonrisas y llantos. El sigilo fue exiliado. Llegaron también los consejos, las comparaciones, las normativas de la buena madre, los cánones a seguir, las pretensiones de sacrificio y los amores incondicionales.  No me los creí. Aún no me los creo.  Después vino al mundo mi hija Amelia:  doble destierro.

Me encontraba absolutamente incómoda, no lo niego.  Pero era imposible hablar sobre esas perturbaciones; imposible en una sociedad en la que los imaginarios sobre maternidad se ejercen a partir de prescripciones marianas en las que el amor al hijo debe entregarse de manera absoluta, en las que nosotras las mujeres debemos sentirnos realizadas al tener un fruto de nuestro vientre. ¿De verdad yo debía entregar todo a mis hijos? No quería entregarlo todo.  Mis anhelos nunca fueron criar niños y tener familia, pero si lo hablaba con alguien, el comentario era dirigido de inmediato al único camino que aparentemente se me trazaba: ya los tienes, ahora te dedicas.  Mi yo se dilató; mi yo se frenó; pero mi voz comenzó a sonar de nuevo. 

 

No quiero ser mal interpretada: el amor que profeso a mis hijos es incomparable al que pude haber otorgado a cualquier otro ser humano. No quiero dirigir mi incomodidad hacia mis niños, sino a ese yo-dilatado con el que tuve que lidiar por mucho tiempo; esa priorización de intereses condicionante de lo femenino en donde se pretende crear un sistema piramidal de ubicación de objetivos. En la maternidad, los desbalances se encuentran en primer orden: a buena madre, poco profesional; a buena profesional, madre despreocupada.  Ese cuento de madre sacrificada no me lo aguantaba más.

En abril del 2015, nace el “Colectivo Dos Guaguas” con el que intento armonizar mis pensamientos, la crianza de mis hijos y mi profesión.  Esta idea surge a manera de bitácora en la que utilizo los elementos cotidianos para enfrentar la ansiedad que me producía la maternidad.  Las frustraciones y las limitaciones estaban a flor de piel; el freno que se había producido en mi profesión por mi dedicación al cuidado de una vida ajena/propia acrecentaba mis inquietudes.  Volvió la voz; y regresó inconforme. En la bitácora, que muestro abiertamente en la web, hago un día a día de convivencia con mis hijos y con mis fantasmas interiores; convivencia que demuestro con varios recursos como el humor, el sarcasmo o la absoluta contradicción con ciertas imposiciones maternas.  Los primeros trabajos que realicé fueron hechos cuando mi primer hijo era aún un bebé: tomé las prendas que habían dejado de quedarle por su rápido crecimiento, escogiendo mis favoritas, y bordé en ellas todos los bocetos de obras o proyectos que no podía realizar por falta de tiempo o espacio para hacerlo. De alguna manera, al bordar, logré simpatizar simbólicamente mi profesión con la existencia de un hijo que sentía que me limitaba en las actividades profesionales.  A partir de esta primera acción, la página se ha ido transformando; el crecimiento de mis hijos ha permitido que tome diferentes tintes. De la misma manera, me ha permitido conocer mujeres con la misma sensación de asfixia, pero de voces susurrantes. 

Otro de los puntos que trato en mi trabajo como artista es la crianza.  A partir de las distintas reflexiones que he realizado con mi obra del “Colectivo Dos Guaguas” he logrado comprender que el criar hijos es un acto político y no doméstico, por la simple razón de que estamos criando gente; quienes estamos a cargo de la crianza otorgamos universos para la convivencia.  Rechazo los tintes domésticos que puede tener esta actividad debido a que devienen de la naturalización del estado materno con respecto a la condición femenina en donde el parir, el criar, el amamantar, entre otras actividades, forman parte del conjunto de imaginarios de aquello que se cree que es de exclusiva obligatoriedad de las mujeres.  No solo somos libres de escoger si queremos ser madres o no, sino que también somos libres de decidir la manera en la que llevamos la maternidad, siempre y cuando seamos conscientes de que es una actividad que repercutirá en una vida ajena: nuestros hijos.  La crianza se transforma en un acto político por el hecho de originarse en lo privado, pero transcender hacia lo público, es decir, en el momento en que convivimos todos en un mismo espacio. 

Finalmente, me uno a las palabras de Pabla Pérez, quien en una entrevista para el libro “Maternidades subversivas” de María Llopis, rechaza la categoría social en la que se ha convertido la mujer-madre.  Las directrices sobre la maternidad en Latinoamérica nos han querido convertido en seres sin errores, nos hablan de amores incondicionales hacia nuestros hijos y presionan por colocar nuestros sentires en segundo lugar y no estoy dispuesta a eso. Soy madre y también tengo voz; y mi voz sigue negando.