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Ph: Santiago Cárdenas

 

 

“Yo no soy padre y madre”

Septiembre 26, 2017

 

Por Glenda Rosero Andrade

Hace ocho años me inicié en el mundo de la maternidad con mi hijo Sergio.  Renové los votos hace cuatro con mi pequeña Amelia y hace dos años me separé del padre de ellos quien se mudó a otra ciudad.  Desde este último evento, nuestro hogar es de tres: Sergio, Amelia y yo.  A partir de mi separación, obtuve la categoría de madre soltera, y ante la mirada de amistades y conocidos me convertí en una especie de figura todopoderosa: la madre que se encarga sola de sus dos hijos pequeños. Y no falta quien me diga que, para mis hijos, soy padre y madre; pues no, no lo soy.

Por supuesto, confirmo que soy yo quien se encarga de sus cuidados, de su alimentación; de permitir y de prohibir.  Yo los despierto cada mañana con una sonrisa fingida diciendo que un día nuevo es una nueva oportunidad. Soy yo quien les lleva al parque los domingos, la que hace sus comidas favoritas, revisa tareas, está pendiente de su aseo personal, cuenta los cuentos antes de dormir y los mete a la cama con un beso en la frente o con una orden desesperada originada por el cansancio.  También soy yo quien se encarga de la parte económica en su totalidad; quien recibe un sueldo que administro con la intención de cubrir todas nuestras necesidades y por ahora, esa es la única entrada económica.

Cada vez que le cuento a alguien sobre mis presiones, mi agotamiento, o mis alegrías con respecto a su crianza, categorizan mi circunstancia dotándome de doble condición: lo masculino y lo femenino, soy hombre y mujer al mismo tiempo; soy padre y madre.  De inmediato, me opongo porque esta bifurcación de mi papel con respecto a la formación de mis hijos corresponde a una asignación de roles justificada en limitaciones y estereotipos.  Supongo que cada una de las categorías –padre y/o madre- cuenta con sus respectivas características de dotación de cariño y cuidado, de impartición de regaños y de solvencia económica.  En mi caso, yo me encargo de todo y aún no me ha dado por afeitarme en las mañanas o por cambiar mi vestimenta o mi timbre de voz cuando tengo la necesidad de subir el nivel de mi enojo para realizar alguna corrección en la actitud de mis niños.

Supongo que cada vez que me mencionan con una sonrisa esto de que asumo doble papel en la crianza, yo debería sentirme orgullosa al pensar que no solo se reconoce mi trabajo sino también trabajo ajeno, pero no.  Siempre he tendido a hilar fino y a buscarle la quinta pata al gato, y esta designación dual no es la excepción.  Aunque quienes me lo han expresado lo han hecho de la manera más afectuosa e incluso inocente, no puedo dejar de sentir que se disocia un papel que lo puedo cumplir, en su totalidad, yo sola. Por supuesto, no dejo de lado que lo más saludable es que cada uno de los que participamos en la concepción de los hijos tenga parte activa en su formación, pero no creo en las paternidades impuestas –pese a los vínculos biológicos que existan-.  Por ahora, no quiero elaborar una discusión con respecto a la coparentalidad o a la crianza compartida, con la cual estoy absolutamente de acuerdo.  Mi querella se dirige hacia la asignación de roles ante los términos padre y madre.

No estoy descubriendo el agua tibia al mencionar que la condición de paternidad y de maternidad integran construcciones simbólicas.    En cada uno de estos términos se entretejen atributos, comportamientos y roles, resumiendo los más conocidos como el del padre proveedor y madre cuidadora.  Menciono estos como los de mayor reconocimiento ya que, incluso dentro de las leyes ecuatorianas que rigen asuntos sobre niñez, adolescencia y familia, han pautado para designar tenencia de hijos y pensiones alimenticias.  Pero, ¿por qué no derribar estos estigmas acerca de los cuidados, los afectos y la dotación de alimentos? No todas las madres cuidan y no todos los padres se dedican simplemente a proveer; y de ninguna manera pienso que los papeles socialmente asignados a cada uno de los progenitores deben cumplirse de manera imperativa.

Cada vez que me asignan el papel de “padre y madre”, siento que merman en mi capacidad de realizar a plenitud mis actividades profesionales, suministrar alimentos y cubrir necesidades; mi rol materno parece que debería limitarse a los cuidados afectuosos y a las tareas domésticas. Cada vez que me determinan de manera dual, me demuestran una vez más lo enraizado que tenemos la construcción simbólica sobre lo femenino y lo masculino.   Yo no soy un padre; no tengo ni la forma ni el aspecto.  Lo que si tengo es un trabajo, objetivos profesionales, ansias de cuidar a mis hijos, necesidad de vida social, obligaciones domésticas, entre otras circunstancias que forman parte de mi realidad como persona. 

A pesar de mi declaración en contra de esta poca halagadora condición, supongo que seguiré sonriendo cuando algún conocido, de manera afectuosa, atavíe mi labor materna disociando tácitamente mis actividades.  Sonreiré, y si me permito, daré una breve explicación sobre mi punto de vista.  No estoy de acuerdo con esa doble designación, no me estoy ganando un premio cada vez que me lo dicen, ni me entusiasma ese reconocimiento falaz de pisar sobre aparentes terrenos masculinos.  

Desde el momento en que tuve que asumir la responsabilidad del cuidado de mis hijos lo tuve claro.  No, yo no soy padre, ni mucho menos padre y madre. Soy una madre que cría sola, lo que para muchos parece lo mismo, pero no es igual.