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“Como si fuera grato criar a un niño. Es hermoso, pero de grato nada. Es hermoso y

puede hacer feliz.

Pero no es grato. Cuesta sueño, preocupaciones, sustos, fatigas y sacrificios”.

Natalia Ginzburg

 

 

“El lugar de la ansiedad”

FEBRERO 22, 2017

Por Glenda Rosero Andrade

 

“-Doctor, ¿está seguro de que no es un mioma? –No señora. Usted está embarazadísima”. Y así comenzó este asunto. Comenzó una etapa en la que mi cuerpo ya dejaba de ser mío. En la que debía cuidarme de hacer cosas que pudieran perjudicar al niño que llevaba dentro, en la que ya no consumiera alimentos porque me causaban asco y en la que intenté hacer mi vida normal sintiendo que tenía un cartel que decía “pon tu mano en mi barriga”, fingiendo sonrisas dulces y colmada de bendiciones ajenas y buenos augurios. Comenzó algo que yo pretendía que tuviese fin; el embarazo se acaba a los nueve meses y listo, otra vez con mi vida, pensaba yo. Pero en todas las conversaciones que tuve con experimentadas madres, con amigas que ya tenían sus hijos o con solteras anhelantes de ser mamás, nunca, ninguna, ni de manera sarcástica me dijo que esto era una cosa realmente complicada.

En fin, estaba embarazada y aquel asunto, que al principio no se reflejaba más que en un papel que decía “positivo”, en una prueba casera guardada por no-se-qué intervención sentimental de mi parte y en una pantalla llena de imágenes de textura grumosa que solo aquel que me anunció que estaba embarazadísima entendía (con la respectiva felicitación del ecografista), poco a poco se volvía real: mi vientre creció de una manera que jamás pensé que pudiera crecer.  Y no solo eso; dentro de él se movía algo. Sin miedo a sonar cursi, podría decir que fue en el momento en que lo sentí moverse, que sentí la vida.  No la había sentido antes; sabía que vivía, sabía que existía, que mi cuerpo ocupaba un lugar en el espacio y en el tiempo; sabía que debía estudiar y que para comer debía trabajar; pero no, la vida no la había sentido hasta ese momento.

¿A quién se le confiesa que el miedo y la incertidumbre crecen de manera proporcional al vientre? Cuando intentaba explicar mi temor a varias amistades lo simplificaban pensando que me refería al temor del momento del parto: el dolor, la herida y sobretodo, el temor de que algo llegase a salir mal y afectara al producto que saliera de mi interior.  Pero no era ese mi miedo: sin querer sonar egoísta, mi temor se enfocaba en mí. En mi cuerpo, en mis planes, en mi vida.

Es difícil dudar en voz alta cuando se trata de la maternidad. Es reprochable ante los demás demostrar tu inseguridad ante la situación. La incomodidad que genera la condición materna es condenable. Poco a poco, después de dar a luz, me di cuenta que el nacimiento de mi hijo no ahuyentó los temores; al contrario, los acrecentó. Esas fotos de madres sonreídas con hijos limpios y angelicales que vemos en revistas y redes sociales son solo una cara de la moneda. Y de la otra cara casi no se habla.

Con respecto a la maternidad, hay que decir las cosas como son. Hay que decirlas claras y sin anestesia. Este asunto es duro y las ganas de abandonar el barco pasan infinidad de veces por la cabeza. No se lo dice, no se lo acepta, pero se lo piensa. Vamos, sí que se lo piensa –con el inmediato y respectivo arrepentimiento por esos malos pensamientos-. Los reproches internos empiezan y las frustraciones se vuelven cotidianas. Pero se aprende a lidiar con eso y a alivianarlos con las sonrisas de los hijos.  Esas mismas sonrisas que te recuerdan que cada paso debe ser pensado dos veces, que cada decisión consultada con la almohada, que los riesgos se deben disminuir al mínimo porcentaje y que tu vida, lamentablemente, ya no goza de soberanía.